sábado, 26 de septiembre de 2009

Retroalimentada, segunda acepción

retroalimentación.

1. f. Acción y efecto de vivir a base de un conjunto de hechos del pasado, de modo que en vez de avanzar el sujeto maneja su vida en retroceso.
2. f. Alimentarse de la cultura retro (música, moda, arte).

viernes, 4 de septiembre de 2009

When you are smiling - The Zimmers



Este es un vídeo de The Zimmers en el que participaron Jack Beers de 98 años y Grace Cook de 82, la señora tiene una voz impresionante. Este clip fue grabado en Nueva York (noten el pequeño edificio llamado Empire State al principio).

jueves, 3 de septiembre de 2009

El inevitable viaje

Nota: esto lo escribí hace tiempo para una clase, creo que mi profesora -por mucho que le expliqué- no entendió de qué se trataba esta historia.

No puedo mover mis manos, las sábanas de mi cama me aprisionan contra el colchón, tengo los ojos cerrados y mi corazón late pausadamente, sin apuros. Siento que mi cabeza explotará y que miles de hormigas descienden desde mi frente para salir flotando en el aire que exhalo. Mis huesos se quejan y mis músculos atrofiados no quieren ayudar.

Escucho el sonido de pasos que se acercan y el de la puerta de mi habitación que se abre rechinante. Logro abrir mis enrojecidos ojos, tardo un poco, pero logro divisar a mi madre. Con sus manos suaves acaricia mi frente, ya me ha dicho que debo dejar de ir a la escuela.

Aunque afuera llueve, en mis entrañas el calor es insoportable, mi madre vierte un líquido rojo sobre una cuchara y me la acerca a la boca para que beba. Tengo miedo, no sé si tomarlo, pienso que se quieren deshacer de mí. Decido tomar el extraño brebaje, siento como pasa por mi boca y mi garganta dejando un mal sabor, el mal sabor del dolor y la traición. Cada vez cuesta más respirar, lo intento desesperadamente. He comenzado a sentir que mis vías respiratorias se han vuelto en mi contra. Mis párpados caen pesados, como rocas por el despeñadero, sin que yo pueda evitarlo.

Y así caigo rendido en un sueño profundo. Abro mis ojos ante una luz mañanera, que resulta estruendosamente brillante a mi vista, he dejado de sentir el dolor punzante en mi cabeza, puedo respirar libremente y me pregunto en dónde me encuentro.

Percibo de pronto un sonido familiar, es mi madre, que llega con inquietud al borde de mi cama. Me mira y sonríe sutilmente. Siento que el fin ha llegado, me alegra que ella pueda aceptarlo, después de todo ya no estaré allí para acompañarla. Me iré ese mismo día y la dejaré en la soledad.

Con esfuerzo me siento sobre mi cama, debilitado me dirijo hasta mi guardarropas para empezar a vestirme. Si he de salir de este lugar lo haré con dignidad. Cuando me encuentro vestido llega mi abuelo, que me lleva de la mano hasta su viejo carro, pensé que jamás lo volvería a ver.
Comenzamos un viaje, uno que todos en algún momento debemos realizar. Pasamos a alta velocidad a través de caminos llenos de gente que va a distintos lugares, quisiera saber a dónde van.

El auto se detiene, mi abuelo sonríe y se despide de mí. Entiendo que he llegado al lugar al que pertenezco. Me bajo del carro, quedo frente al sitio al que más temía llegar luego de mi enfermedad, he retornado a él.

Camino adentrándome en el edificio de paredes desvencijadas; a mi alrededor hay montones de niños vestidos como yo que corretean alegremente. No comprendo cómo pueden estar tan felices.

Escucho una campana y me dirijo a un salón, los demás hacen lo mismo. Coloco el poco equipaje que traje conmigo sobre una mesa y pronto llega a la habitación la persona a la que tanto temía.

Él comienza a llamar a cada persona que se encuentra conmigo por su nombre, todos responden al reconocer el suyo. Estoy atento, esperando nerviosamente que llegue mi turno. Cuando escucho mi nombre contesto de la misma manera que el resto de los asistentes, pero el que me ha llamado ha hecho una pausa, y subiendo la mirada me pide que me acerque a él.

Todo el lugar queda en silencio, sólo se escucha el sonido que producen mis zapatos al chocar contra el suelo. Cuando me encuentro cerca, mi corazón se acelera y no entendiendo por qué, ¡no tengo nada que temer!. Espero sus palabras, se vuelve hacia mí diciendo: -¡Qué bueno que te hayas mejorado!, tus compañeros te extrañaban en el salón—, a lo que agregó lamentando con su cabeza -La epidemia de gripe y fiebre está terrible, no te preocupes por las evaluaciones que perdiste, podemos recuperarlas-. Dándose la vuelta se reincorporó a la clase haciéndome señas para que regresara a mi pupitre

Mis superpoderes

Tengo algo que confesar, a la edad de 12 años empecé a experimentar algunos cambios en la forma de percibir el mundo, mis ojos sólo alcanzaban a ver los objetos próximos, el resto se convertía en un nubarrón de colores borrosos. Habiendo apartado las distracciones de fondo desarrollé la capacidad de estudiar con detalle lo que tenía más cerca.

Como todo superpoder el mío tenía que ser guardado como un secreto así que empecé a utilizar lentes (un dispositivo de plástico que neutraliza mis habilidades). Todo marchaba bien hasta que en la universidad empecé a estudiar una materia llamada "Introducción a la imagen", en esta clase descubrí que el hombre había aprendido a capturar imágenes que imitaban de alguna manera mi particular visión, lo hacían a través de cámaras, les llamaban tomas fuera de foco.

Aunque mis habilidades han sido copiadas por la tecnología aún tengo la satisfacción de poder desenfocar el fondo sin recurrir a dispositivos, sólo tengo que quitarme mis lentes neutralizadores y disfrutar el paisaje. Seguro, mi poder especial tiene desventajas, la profundidad de campo es algo que no consigo lograr sin mis lentes, así que cuando no los traigo conmigo debo esforzarme para ver lo que está lejos. Algunas personas toman esta pequeña falla como motivo de burla, pero no es ningún secreto que el ser humano tiende a reírse de lo que va más allá de su comprensión.

No soy la única con estas habilidades, hay más como yo en todo el planeta. Estamos en todas partes, en las oficinas, en los salones de clases; más cerca de lo que se imaginan. Somos un grupo de superhumanos al que los científicos han denominado “miopes”. Mi intención al crear este blog ha sido acabar con el silencio y compartir con otros lo que estas habilidades especiales me han ayudado a contemplar, con la esperanza de que algún día los “miopes”seamos comprendidos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lleno de luz este día

Un grito estridente rompe el silencio. Un pastelero con gafas de sol redobla sus pasos, en sus manos lleva lo que parece ser una bola en llamas. Un doctor toma a un radiante y viscoso recién nacido entre sus brazos para posar a la criatura cerca de su madre, al tiempo que el pastelero jadeante sirve un pastel encendido en una mesa cerca de la cuna del neonato. Doctor y pastelero se saludan, padre y madre agradecen, es el inicio de una nueva vida.

Pastel y niño van juntos al nuevo hogar, mamá lleva al bebé a su cuarto y la torta en un escaparate es guardada. Muchos llantos, balbuceos y pañales después la Tierra vuelve, en su baile con el Sol, a practicar el mismo paso que armoniosamente ejecutó aquel día en que bebé y bizcocho enviaron su primera bocanada de gas carbónico a la atmósfera celeste.

Este día la casa se ha llenado de flores, familiares y confeti, no es para menos, hoy ocurrirá un reencuentro: papá sacará del armario el pastel que sigue llameando como una fogata. Mientras tanto todos comen, ríen y bailan esperando que llegue la hora de reunirse alrededor de la mesa para contemplar el mágico momento en que los homenajeados vuelvan a encontrarse.

Alguien apaga las luces, los más afinados comienzan a canturrear, todos se agolpan alrededor de la mesa y entonados o no se unen a la misma canción. En combustión el pastel hace su entrada, el niño intenta contemplarlo pero su luz es tan brillante que no logra mantener sus ojos abiertos.

Los inexpertos no entienden lo que sucede, las voces hacen estruendo en el ambiente, la luz es tan fuerte que enceguece. La madre libra uno de los brazos con los que sostiene al pequeño y toma con cuidado una de las velas colocándola frente a su hijo. El niño que logra abrir los ojos queda hipnotizado por la pequeña flama, voltea la mirada hacia su padre que en una mueca infla sus mejillas y sopla su dedo, el infante imita su gesto, todos aplauden y la vibrante luz deja tras su resplandor un mechón negro.

Pastel y humano empiezan un nuevo ciclo, año tras año la Tierra practica la misma posición danzando con el Sol, sobre la torta restan cada vez menos velas que apagar. El niño ya no es niño, la infancia se fue tras las extinguidas llamas; enojado con el tiempo, la adolescencia y sus exigencias el joven decide no volver a encontrarse con el pastel cara a cara pensando “si nadie canta y nadie sopla el tiempo quizás me deje en paz”.

Pasaron tres años en los que la torta permaneció encerrada, pero un día estando el joven inquieto al ver que su cuerpo seguía creciendo decidió echar un vistazo dentro del armario. Enorme fue la sorpresa que se llevó nuestro joven amigo al ver que tres de sus velas solas se habían apagado, lleno de ira interrogó a su mamá: “¿quién me hizo este pastel?, ¿qué he hecho yo para merecer esta maldición?”, a lo que la madre sólo consiguió contestar: “cada vez nace una nueva vida los pasteleros llevan al sitio del alumbramiento un bizcocho como regalo”.

Convencido de que sólo fuerzas malignas podrían considerar tal maldición un obsequio el joven pidió a su padre traslado al hospital. Al llegar salió del carro y con un pastelero jadeante el muchacho se topó. “¡Espera!” exclamó inútilmente, el pastelero continuó su camino presurosamente, el joven sediento de justicia resolvió seguirle la marcha a su presa.

A toda velocidad perseguido y perseguidor pasaron por la sala de esperas, tropezaron con enfermeras, doctores y pacientes, recorrieron pasillos llenos de habitaciones y continuaron hasta la sala de partos, a la que sin problemas ingresó el pastelero y con premura se internó el muchacho.

Un doctor toma a un radiante y viscoso recién nacido entre sus brazos para posar a la criatura cerca de su madre, al tiempo que el pastelero jadeante sirve un pastel en una mesa cerca de la cuna del neonato. Doctor y pastelero se saludan, padre y madre agradecen, es el inicio de una nueva vida.

El joven se acerca al pastel decidido a librar a la pequeña persona de su condena, pero al acercarse nota algo particular, esta torta es diferente, sólo alberga una velita que parpadea débilmente.

El pastelero observando la misma débil luz lamentó en voz alta: “quisiera que este proceso no fuese tan duro algunas veces”. Tras salir de la sala el muchacho lleno de coraje preguntó al pastelero lo que había ocurrido en ese lugar, a lo que el interrogado contestó: “cada quien está destinado a extinguir un número limitado de fuegos, así es como las cosas deben ser, de las velas sólo hay dos cosas que saber: que no son transferibles ni renovables”.

En silencio retornó el joven al auto, regresó a su hogar y pausadamente sacó su pastel. Todo este tiempo luchando contra lo inevitable había dejado varios mechones negruzcos en la superficie plana de su bizcocho. Al apartar la vista de los cadáveres de cera el muchacho vio lo que nunca había notado: un ejército de luces de fuego que seguían brillando para recordarle su temporalidad sobre este planeta danzante.