miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lleno de luz este día

Un grito estridente rompe el silencio. Un pastelero con gafas de sol redobla sus pasos, en sus manos lleva lo que parece ser una bola en llamas. Un doctor toma a un radiante y viscoso recién nacido entre sus brazos para posar a la criatura cerca de su madre, al tiempo que el pastelero jadeante sirve un pastel encendido en una mesa cerca de la cuna del neonato. Doctor y pastelero se saludan, padre y madre agradecen, es el inicio de una nueva vida.

Pastel y niño van juntos al nuevo hogar, mamá lleva al bebé a su cuarto y la torta en un escaparate es guardada. Muchos llantos, balbuceos y pañales después la Tierra vuelve, en su baile con el Sol, a practicar el mismo paso que armoniosamente ejecutó aquel día en que bebé y bizcocho enviaron su primera bocanada de gas carbónico a la atmósfera celeste.

Este día la casa se ha llenado de flores, familiares y confeti, no es para menos, hoy ocurrirá un reencuentro: papá sacará del armario el pastel que sigue llameando como una fogata. Mientras tanto todos comen, ríen y bailan esperando que llegue la hora de reunirse alrededor de la mesa para contemplar el mágico momento en que los homenajeados vuelvan a encontrarse.

Alguien apaga las luces, los más afinados comienzan a canturrear, todos se agolpan alrededor de la mesa y entonados o no se unen a la misma canción. En combustión el pastel hace su entrada, el niño intenta contemplarlo pero su luz es tan brillante que no logra mantener sus ojos abiertos.

Los inexpertos no entienden lo que sucede, las voces hacen estruendo en el ambiente, la luz es tan fuerte que enceguece. La madre libra uno de los brazos con los que sostiene al pequeño y toma con cuidado una de las velas colocándola frente a su hijo. El niño que logra abrir los ojos queda hipnotizado por la pequeña flama, voltea la mirada hacia su padre que en una mueca infla sus mejillas y sopla su dedo, el infante imita su gesto, todos aplauden y la vibrante luz deja tras su resplandor un mechón negro.

Pastel y humano empiezan un nuevo ciclo, año tras año la Tierra practica la misma posición danzando con el Sol, sobre la torta restan cada vez menos velas que apagar. El niño ya no es niño, la infancia se fue tras las extinguidas llamas; enojado con el tiempo, la adolescencia y sus exigencias el joven decide no volver a encontrarse con el pastel cara a cara pensando “si nadie canta y nadie sopla el tiempo quizás me deje en paz”.

Pasaron tres años en los que la torta permaneció encerrada, pero un día estando el joven inquieto al ver que su cuerpo seguía creciendo decidió echar un vistazo dentro del armario. Enorme fue la sorpresa que se llevó nuestro joven amigo al ver que tres de sus velas solas se habían apagado, lleno de ira interrogó a su mamá: “¿quién me hizo este pastel?, ¿qué he hecho yo para merecer esta maldición?”, a lo que la madre sólo consiguió contestar: “cada vez nace una nueva vida los pasteleros llevan al sitio del alumbramiento un bizcocho como regalo”.

Convencido de que sólo fuerzas malignas podrían considerar tal maldición un obsequio el joven pidió a su padre traslado al hospital. Al llegar salió del carro y con un pastelero jadeante el muchacho se topó. “¡Espera!” exclamó inútilmente, el pastelero continuó su camino presurosamente, el joven sediento de justicia resolvió seguirle la marcha a su presa.

A toda velocidad perseguido y perseguidor pasaron por la sala de esperas, tropezaron con enfermeras, doctores y pacientes, recorrieron pasillos llenos de habitaciones y continuaron hasta la sala de partos, a la que sin problemas ingresó el pastelero y con premura se internó el muchacho.

Un doctor toma a un radiante y viscoso recién nacido entre sus brazos para posar a la criatura cerca de su madre, al tiempo que el pastelero jadeante sirve un pastel en una mesa cerca de la cuna del neonato. Doctor y pastelero se saludan, padre y madre agradecen, es el inicio de una nueva vida.

El joven se acerca al pastel decidido a librar a la pequeña persona de su condena, pero al acercarse nota algo particular, esta torta es diferente, sólo alberga una velita que parpadea débilmente.

El pastelero observando la misma débil luz lamentó en voz alta: “quisiera que este proceso no fuese tan duro algunas veces”. Tras salir de la sala el muchacho lleno de coraje preguntó al pastelero lo que había ocurrido en ese lugar, a lo que el interrogado contestó: “cada quien está destinado a extinguir un número limitado de fuegos, así es como las cosas deben ser, de las velas sólo hay dos cosas que saber: que no son transferibles ni renovables”.

En silencio retornó el joven al auto, regresó a su hogar y pausadamente sacó su pastel. Todo este tiempo luchando contra lo inevitable había dejado varios mechones negruzcos en la superficie plana de su bizcocho. Al apartar la vista de los cadáveres de cera el muchacho vio lo que nunca había notado: un ejército de luces de fuego que seguían brillando para recordarle su temporalidad sobre este planeta danzante.

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