Nota: esto lo escribí hace tiempo para una clase, creo que mi profesora -por mucho que le expliqué- no entendió de qué se trataba esta historia.
No puedo mover mis manos, las sábanas de mi cama me aprisionan contra el colchón, tengo los ojos cerrados y mi corazón late pausadamente, sin apuros. Siento que mi cabeza explotará y que miles de hormigas descienden desde mi frente para salir flotando en el aire que exhalo. Mis huesos se quejan y mis músculos atrofiados no quieren ayudar.
Escucho el sonido de pasos que se acercan y el de la puerta de mi habitación que se abre rechinante. Logro abrir mis enrojecidos ojos, tardo un poco, pero logro divisar a mi madre. Con sus manos suaves acaricia mi frente, ya me ha dicho que debo dejar de ir a la escuela.
Aunque afuera llueve, en mis entrañas el calor es insoportable, mi madre vierte un líquido rojo sobre una cuchara y me la acerca a la boca para que beba. Tengo miedo, no sé si tomarlo, pienso que se quieren deshacer de mí. Decido tomar el extraño brebaje, siento como pasa por mi boca y mi garganta dejando un mal sabor, el mal sabor del dolor y la traición. Cada vez cuesta más respirar, lo intento desesperadamente. He comenzado a sentir que mis vías respiratorias se han vuelto en mi contra. Mis párpados caen pesados, como rocas por el despeñadero, sin que yo pueda evitarlo.
Y así caigo rendido en un sueño profundo. Abro mis ojos ante una luz mañanera, que resulta estruendosamente brillante a mi vista, he dejado de sentir el dolor punzante en mi cabeza, puedo respirar libremente y me pregunto en dónde me encuentro.
Percibo de pronto un sonido familiar, es mi madre, que llega con inquietud al borde de mi cama. Me mira y sonríe sutilmente. Siento que el fin ha llegado, me alegra que ella pueda aceptarlo, después de todo ya no estaré allí para acompañarla. Me iré ese mismo día y la dejaré en la soledad.
Con esfuerzo me siento sobre mi cama, debilitado me dirijo hasta mi guardarropas para empezar a vestirme. Si he de salir de este lugar lo haré con dignidad. Cuando me encuentro vestido llega mi abuelo, que me lleva de la mano hasta su viejo carro, pensé que jamás lo volvería a ver.
Comenzamos un viaje, uno que todos en algún momento debemos realizar. Pasamos a alta velocidad a través de caminos llenos de gente que va a distintos lugares, quisiera saber a dónde van.
El auto se detiene, mi abuelo sonríe y se despide de mí. Entiendo que he llegado al lugar al que pertenezco. Me bajo del carro, quedo frente al sitio al que más temía llegar luego de mi enfermedad, he retornado a él.
Camino adentrándome en el edificio de paredes desvencijadas; a mi alrededor hay montones de niños vestidos como yo que corretean alegremente. No comprendo cómo pueden estar tan felices.
Escucho una campana y me dirijo a un salón, los demás hacen lo mismo. Coloco el poco equipaje que traje conmigo sobre una mesa y pronto llega a la habitación la persona a la que tanto temía.
Él comienza a llamar a cada persona que se encuentra conmigo por su nombre, todos responden al reconocer el suyo. Estoy atento, esperando nerviosamente que llegue mi turno. Cuando escucho mi nombre contesto de la misma manera que el resto de los asistentes, pero el que me ha llamado ha hecho una pausa, y subiendo la mirada me pide que me acerque a él.
Todo el lugar queda en silencio, sólo se escucha el sonido que producen mis zapatos al chocar contra el suelo. Cuando me encuentro cerca, mi corazón se acelera y no entendiendo por qué, ¡no tengo nada que temer!. Espero sus palabras, se vuelve hacia mí diciendo: -¡Qué bueno que te hayas mejorado!, tus compañeros te extrañaban en el salón—, a lo que agregó lamentando con su cabeza -La epidemia de gripe y fiebre está terrible, no te preocupes por las evaluaciones que perdiste, podemos recuperarlas-. Dándose la vuelta se reincorporó a la clase haciéndome señas para que regresara a mi pupitre
Lo peor es el brebaje rojoooo!!! Fui demasiado feliz cuando crecí y pude tomar pastillas en lugar de jarabe!!! XD
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